Hoy se celebra, en el día de su fallecimiento, la festividad de la Beata Pauline Jaricot,
la fundadora del Domund. Con solo 23 años ideó la forma de ayudar a la
misiones, no de manera particular, sino universal, no con grandes
aportaciones, sino con la generosidad de los humildes.
Pauline Marie Jaricot nació en Lyon, Francia, en 1799, en plena
revolución francesa, en el seno de una familia muy creyente, Fue la
séptima y última hija de Antoine y Jeanne Jaricot, comerciantes de seda
de Lyon. Bautizada en secreto, debido a la persecución religiosa, su
infancia la vivió en medio de inestabilidad civil y profundos cambios
sociales. Pasada la tormenta la familia se estableció definitivamente en
Lyon y ella se volvió una señorita de buena familia, devota pero
distraída… según ella misma reconocería. A los 17 años, en una charla de
Cuaresma vivió su “conversión”. Cambió totalmente de vida. Cada día
pasaba horas en el hospital de la ciudad, cuidando enfermos, de forma
oculta y sin que nadie lo supiera. Dejó de vestirse como una “señorita
de buena familia”, para adoptar la digna vestimenta de las trabajadoras
de la seda de las fábricas de Lyon.
Su hermano Phileas estaba en París. Quería ser misionero y compartía
con su hermana la información y el testimonio de los misioneros que
habían partido hacia Asia desde el Seminario de Misiones Extranjeras de
París. Y aunque lo que se conoce como la Obra de la Propagación de la
Fe, el Domund, se fundaría oficialmente en 1822, ya en 1819 Pauline creó
su “sistema” de apoyo a las misiones. Serían las trabajadoras y
trabajadores de las fábricas de Lyon quienes, con un “sous”, una
monedita, colaborarían cada semana con la misión. Se sumarían así a la
Obra, orando por la misión y los misioneros y entregando su aportación a
una “dizenaire”, una jefa de diez, que la recogería y entregaría,
añadiendo su propia aportación, a una “centenaire”, una jefa de cien.
Por otro lado, se creó la publicación “Annales de la Propagación de la
Fe”, una revista que dirigió un joven Frédéric Ozanam, profesor, más
tarde fundador de las Conferencias de San Vicente de Paúl, y hoy también
beato. La revista llegó a ser la de más tirada de Francia. Sus páginas
acercaron la misión a quienes la apoyaban, de manera que todos los
asociados a la Propagación de la Fe podían leer las cartas de los
misioneros y el progreso de la evangelización en cientos de lugares del
mundo. La colecta de 1821-1822, la primera oficial del Domund, reunió
alrededor de 200 francos, lo que a razón de un sous por semana, indicaba
un millar de asociados. En unos años, el número se disparó por toda
Francia y pasó a otros países, España, Bélgica, Italia, Alemania… Los
asociados empezaron a contarse en decenas de miles, pero la aportación a
la misión siguió siendo el fruto de muchas pequeñas aportaciones de
personas convencidas de ser parte del esfuerzo misionero de la Iglesia.
Su generosidad pero también su oración se hacían misión. También
surgirían las vocaciones misioneras. Un ejemplo significativo fue
Suzanne Aubert, misionera en Nueva Zelanda, que había sido durante su
juventud una “dizenaire” de la asociación. El Papa Pío XI, un siglo
después, en 1922, haría esta obra suya, convirtiéndola en Pontificia,
precisamente por los rasgos de universalidad, sencillez y entrega que la
caracterizan.
Tras la Propagación de la Fe, Pauline Jaricot afrontaría un nuevo
proyecto, la fundación del Rosario Viviente. Los revolucionarios
franceses habían hecho de la “quema de rosarios” uno de sus principales
objetivos, buscando acabar con la religiosidad de la sociedad francesa.
Con su espíritu práctico, Pauline quiso revivir el rezo del rosario
organizando grupos de 15 personas que rezarían cada una uno de los
misterios del rosario – en aquella época no se recitaban los misterios
luminosos–. Desde su casa o por la calle, o en una capilla, cada uno de
los miembros de estos rosarios vivientes se uniría a los otros catorce
para rezar todo el rosario y contemplar los misterios de la vida de
Cristo y de la Virgen en un solo día. La iniciativa del Rosario viviente
tuvo tanto éxito que después de la muerte de Pauline, en 1862, ya había
más de 150.000 grupos, con 2.250.000 miembros solamente en Francia.
Actualmente el Rosario viviente todavía se practica en muchas partes del
mundo y los grupos de 15 son ahora de 20. En el santuario de
Częstochowa, en Polonia, por ejemplo, todos los veranos hay un encuentro
de “rosarios vivientes”.
Pauline Jaricot siguió buscando llevar el amor a Jesús con otras
iniciativas, centradas en libros de espiritualidad, en una fábrica
modélica que permitiera a los trabajadores vivir una vida digna y
cristiana. No todo salió bien, mostrando que la cruz le acompañó a lo
largo de su vida. Fue dejada de lado por quienes continuaron la Obra de
la Propagación de la Fe y acabó viviendo casi en la miseria. La
enfermedad le acompañó desde muy joven. Pero siempre tuvo muy claro,
desde su “conversión” a los 17 años que encontraría en Jesús Eucaristía
al amigo fiel al que acudir. A los 23 años escribió “El Amor Infinito en
la Divina Eucaristía”, en este libro se recoge una de sus oraciones:
“Todo lo que sé, lo aprendí a tus pies, Señor; por eso recibe el
homenaje de todo lo que soy, de todo lo que tengo, de todo lo que pueda
llegar a pensar, decir y hacer de bueno”.
La Obra de la Propagación de la Fe fue convertida en Pontificia el 3
de mayo de 1922 por el Motu Proprio Romanorum Pontificum del Papa Pío
XI, que se esforzó por que tuviera su sede principal junto a la Cátedra
de San Pedro, cuya principal tarea es propagar la fe cristiana por todo
el orbe.
El Papa Francisco reconocía que Pauline Jaricot “acogió la
inspiración de Dios para poner en movimiento una red de oración y
colecta para los misioneros, de modo que los fieles pudieran participar
activamente en la misión ‘hasta los confines de la tierra’. De esta
genial idea nació la Jornada Mundial de las Misiones que celebramos cada
año, y cuya colecta en todas las comunidades está destinada al fondo
universal con el cual el Papa sostiene la actividad misionera”.
San Juan XXIII, que fue el primer director nacional en Italia de las
Obras Misionales Pontificias, decía que Pauline creó “una fuente, hecha
pronto un riachuelo con la incesante y continua bendición de los Sumos
Pontífices, convertida en un gran río, que debía bañar con sus ondas
benéficas todas las playas del inmenso mundo misionero”, más de mil
nuevas iglesias o territorios de misión. El Papa Pablo VI reconocía que
su celo misionero “se alimentaba de una profunda vida interior: buscaba
estar completamente abierta al amor de Dios, con un espíritu filial que
prefiguraba el de santa Teresita de Lisieux. Y esta generosidad mística,
fruto de la gracia del Salvador, se arraigaba en un contexto
providencial de acontecimientos y relaciones que la ayudaron a florecer
en su vocación”. Y añadía: “Más que muchos otros, tuvo que afrontar,
aceptar y superar con amor una multitud de desafíos, fracasos,
humillaciones y abandonos, que marcaron su obra con la marca de la cruz y
su misteriosa fecundidad”. Juan Pablo II no dudaba en decir que “a
ejemplo de Paulina, la Iglesia debe encontrar un estímulo para afirmar
su fe, que lleva al amor a los hermanos, y proseguir su tradición
misionera de múltiples formas. Desde esta perspectiva, invito a las
comunidades locales a promover el espíritu misionero y el compromiso de
cooperación, así como el intercambio permanente de dones, que es una
apertura a la universalidad de la Iglesia”.
Una forma de conocer a esta figura única es a través de la serie “Pauline Jaricot, la mujer del Domund” sobre su vida, emitida en Radio María el año de su beatificación. En YouTube el vídeo
También hay información en su sitio web: https://www.paulinejaricot.org/